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EL VALS DE LAS CACEROLAS

Mamá Carmen tuvo un deseo inusual por aquel tiempo. Quería subirse a un avión para saber de qué color era el cielo desde allá arriba y cómo se vería la tierra aquí abajo. Nadie la pudo convencer de que sería el mismo color, que la tierra era insulsa de tan igual en todos lados, o de que para subirse a un avión hacía falta un destino. Se había pasado la vida viendo, desde su patio, aterrizar y despegar esas naves de acero día tras día. Hombre, decía, nada más quiero verlo, no me importa a dónde me lleven. Para su suerte, los aviones que salían del aeropuerto de la ciudad sólo tenían un destino, la capital. Lena salió al patio como una ráfaga de primavera en aquel febrero. Bajo el gran árbol, mamá Carmita esperaba algún despegue tal vez, y al verla, le contó por enésima vez sus anhelos celestes. El gran ramón pareció mover apacible sus ramitas y hojas con la brisa fresca invernal, y hasta los cinco perritos pausaron sus juegos viendo a la chica llevar a su abuela hasta la casa. Esa

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